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Personas / Ilustración – Felipe Esparza

El primer personaje de este libro, el que se ha asomó algunas páginas atrás a la carátula para ver qué había de este lado del mundo (este lado que le pertenece a los hombres de carne y hueso, los que pagamos cuentas y apoyamos nuestros pies en el piso), es sin duda el más sacrificado de toda su estirpe. Como sus pares, parece estar atravesado por una gran timidez y un fuerte sentido de la introspección, pero igual se animó a abrir las puertas de ese mueble que lo encerraba para asomarse un momento a ver cómo funcionaban las cosas de este “otro lado”, ese espacio no definido por los trazos silenciosos en blanco y negro sino por el estruendo de la vida real. Por su gesto algo desesperado e insomne, por el temor que parece empañar su mirada, da la impresión de que quiere proteger a los suyos de algo, o de que desconfía de quienes estamos aquí. La caja, o el mueble, o el libro que lo contiene igual se ha terminado de abrir, y ahora todos tenemos nuestros ojos depositados en su interior. Aquí, proyectados sobre un fondo blanco, nos encontraremos con todos los seres que habitan este recinto, criaturas que parecen confinadas al espacio cerrado que las ha resguardado hasta hoy.

Uno revisa las páginas de este libro y no deja de preguntarse precisamente por la naturaleza de ese recinto. ¿Ocupan un mueble? ¿Se trata de una casa? ¿Es un planeta? ¿Acaso un no lugar? A diferencia de lo que prescriben los tips para aprobar test psicológicos (ya saben: “siempre dibújales piso a tus hombrecitos”), las criaturas que ha lanzado al mundo por la gracia de su trazo Felipe Esparza parecen estar en ningún sitio porque no tienen siquiera dónde apoyarse. He tenido la impresión, guiándome solo por la carátula y por la manía que tengo de encontrarle la narración a todo, que están metidos dentro de un gran armario o closet vacío, y que es por ello que nada los rodea, viven como suspendidos en el vacío. A diferencia de los dibujos ya emblemáticos de Saint-Exupéry, por ejemplo, esas presencias entrañables que parecen ocupar un espacio liminar que es como un micro planeta solitario, los de Esparza parecen no haber conocido jamás el paisaje. Viven encapsulados en el vacío aun cuando haya siempre principio de gravedad en ellos y estén fijados a algo pese a que no se perciba la superficie sobre la que se apoyan. ¿En qué espacio existen? ¿El blanco que los rodea es el de la página sobre el que se proyectan? ¿Es el de la mente de su creador? Quizás en la activación de estas preguntas radique parte de su poder para conmovernos.

Porque si algo tienen las criaturas de este libro, estos hombres y mujeres a los que con cierto humor negro su creador llama “personas”, es una fuerte carga dramática ante su circunstancia, ciertos rasgos que definen una manera bastante particular de “estarse en el mundo”, de ubicarse en él. ¿No parece que todos comunican la apariencia de haber dormido poco, de ser figuras insomnes y abrumadas por sentimientos que los ahondan pero que jamás desembocan en la pura desesperación o la histeria? ¿No hay en todo ello un aire de familia? Sin duda. Los seres de Esparza son todos tributarios del silencio, parece a lo sumo que están a punto por decir algo o que acaban de hacerlo pero jamás tomarán la palabra frente a nosotros.

¿Por qué no hablan? ¿Por qué la emoción que encarnan, y que es íntima y no siempre identificable, jamás es pronunciada aun cuando parece que los mantiene en vilo, ojerosos y exánimes, implorantes y ahondados en un estado que podríamos llamar de “silencio dramático”? Nunca lo sabremos. Podemos conjeturar algunas razones debido a que parecen alterados por las funciones que a veces les toca cumplir –hay corredores, militares, monjas, cantantes– o por los deberes o las expectativas que se desprenden de su mera condición de hombres y mujeres. Abrumados muchas veces por un mundo altamente neurotizado y vertiginoso, todos ellos parecen haber sido capturados en ese preciso momento en que alguien se detiene a mirarse. A casi todos ellos les pasa eso. Como nada los rodea y no tienen dónde fijar su atención, parecen obligados a escudriñarse, a cobrar sentido de su estado existencial. La pérdida, la necesidad de decidir, la espera, la nostalgia, la duda ante lo que toca vivir, son algunas de las circunstancias que parecen acentuar la hondura de estas criaturas. Su particular relación con el mundo está materializada con un objeto de la realidad –un tocadisco, una pelota, una zampoña, un consolador, una lap top, una guitarra, una almohada– que posee una serie profunda de sentidos y revela la especificidad de un estado de ánimo. Dentro del closet, o en las páginas silenciosas de un libro, es posible aislar la bulla y el movimiento veloz del mundo real para verlos a ellos reconocerse en su silencio.

No sé que le ocurrirá a los observadores de este libro, pero a mí me subyugan mucho aquellas criaturas que, además, parecen inscribirse en un registro onírico o fantástico: el hombre que busca su corazón en la caja abierta de su pecho, la mujer que introduce su mano en su vientre para acariciar a una pequeña criaturita que está dentro de ella, el hombre enjaulado cuyos pies se han vuelto raíces, el que lleva a todos lados a un hombrecito que lo apunta acusador o ese que abraza a su sombra. En el universo cerrado de esta galería hay también lugar para el asombro y la metáfora, para la existencia de una estirpe de criaturas que terminan transformados por los trucos de una magia extraña que a veces atraviesa sus cuerpos con sables o les corta las cabezas para extraer de ellas cerebros o corazones. Hay en algunos de ellos un drama tan intenso como el que se deja ver en los dibujos más literales, como aquel de ese ser que piensa en algo mientras tiene una carga de dinamitas a punto de explotar en su torso.

En literatura, algunos autores han llegado a crear una estirpe. Los hombres solitarios y grises Julio Ramón Ribeyro; esos torturados y a veces algo neuróticos Ernesto Sábato y esas criaturas completamente ingenuas y llenas de emoción y candidez –los “cronopios”– Julio Cortázar. Las criaturas de Esparza tienen algo de todos esos predecesores. Son algo grises y silenciosos, pero a la vez ingenuos y secretamente atormentados. A su manera, el joven dibujante limeño ha fundado una raza también. Al parecer estuvo escondida dentro de un mueble o en un espacio inexpugnable durante un buen tiempo, metidos en la oscuridad de las cosas que están cerradas por dentro y que nadie se atreve a abrir. Y que de pronto, por la acción temeraria del más valiente o el más curioso, se nos ha abierto para que nosotros los conozcamos, los acompañemos, pero también nos veamos reflejados en ellos, nos acerquemos al payaso o a la novia anhelante que llevamos dentro de nosotros, hurguemos también en nuestros corazones, destapemos nuestros cerebros o nos aferremos a esas cosas primordiales que solo reconocemos como nuestras cuando el mundo se detiene y, en silencio, sin dormir, nos podemos ver a nosotros mismos con los ojos que no pestañean.

Jeremías Gamboa